The story
Bienvenidos a uno de los rincones más fotogénicos y cargados de historia de San Miguel de Allende. Te encuentras justo en la intersección de las calles San Francisco y Juárez, un punto donde el latido del centro histórico se siente con una intensidad especial. Soy Avsha, y hoy voy a acompañarte a descubrir los secretos que guardan estas piedras.
Tómate un momento para elevar la mirada y observar la fachada que tienes frente a ti. Lo que ves es un ejemplo supremo del churrigueresco, esa etapa del barroco tan detallada que parece un bordado hecho en cantera. Iniciada en 1779 y terminada veinte años después, esta portada es un festín para los ojos.
Fíjate en la cantidad de nichos, santos y relieves de plantas y flores que parecen brotar de la piedra. En la parte más alta, presidiendo todo, se encuentra la imagen de San Francisco de Asís, quien da nombre a este recinto y cuya orden religiosa fue fundamental en la evangelización y el crecimiento de esta región. Un detalle que a menudo pasa desapercibido para los visitantes apresurados es la influencia de la riqueza local en esta construcción.
Durante el siglo dieciocho, San Miguel era una ciudad próspera gracias al comercio y las minas cercanas, y este templo fue financiado en gran parte por las limosnas de los fieles y las familias nobles de la época, quienes querían demostrar su devoción y su estatus a través de la arquitectura. Ahora, dirige tu atención hacia la torre del campanario. ¿Notas algo diferente?
Mientras que la fachada es una explosión de curvas y adornos barrocos, la torre y la cúpula tienen un aire más sobrio y ordenado. Esto se debe a que fueron terminadas más tarde, ya bajo la influencia del estilo neoclásico. Se dice que el famoso arquitecto Francisco Eduardo Tresguerras, conocido como el Miguel Ángel mexicano, intervino en estas etapas finales.
Es este contraste entre lo recargado y lo simple lo que le da al Templo de San Francisco su silueta tan característica en el horizonte de la ciudad. Si decides entrar, el ambiente cambia por completo. El bullicio de la calle Juárez queda atrás, reemplazado por un silencio sagrado y el aroma a incienso.
Dentro, verás que la decoración es predominantemente neoclásica, con altares de líneas rectas y columnas elegantes que contrastan con la exuberancia del exterior. No dejes de buscar las pinturas que narran la vida de los santos franciscanos; son verdaderas joyas del arte colonial. Al terminar tu visita, quédate un momento en la pequeña plaza frente al templo.
Escucha el repicar de las campanas y observa cómo la luz del atardecer tiñe de dorado la piedra. Estás parado sobre siglos de fe, arte y la identidad de un pueblo que se niega a olvidar su pasado. Disfruta el resto de tu caminata por estas calles empedradas.