The story
Bienvenidos a uno de los rincones más sublimes de México. Al encontrarnos aquí, sobre el empedrado de la calle Macedonio Alcalá, justo donde el bullicio del Andador Turístico parece detenerse por respeto, es imposible no sentirse pequeño ante la majestuosidad del Templo de Santo Domingo de Guzmán. Soy Avsha, y hoy los guiaré a través de los secretos de esta joya del barroco novohispano.
Miren hacia arriba y observen esa fachada labrada en cantera verde, una piedra icónica de esta región que parece absorber y luego irradiar la luz del sol oaxaqueño. Este edificio no es solo una iglesia; es un testimonio de piedra de la ambición y la fe de la orden de los dominicos, quienes comenzaron su construcción en 1570. Les tomó más de un siglo terminarlo, y al observar el detalle del relieve central, entenderán por qué.
Allí está Santo Domingo de Guzmán, el fundador de la orden, junto a San Hipólito, sosteniendo simbólicamente la estructura del templo. Las robustas torres gemelas han resistido siglos de sismos en esta tierra vibrante, manteniéndose firmes como centinelas de la historia. Pero, por muy impresionante que sea el exterior, nada nos prepara para lo que hay al cruzar el umbral.
Al entrar, dejen que sus ojos se ajusten a la penumbra dorada. Lo que ven no es pintura; son láminas de oro de veinticuatro quilates. El techo es un despliegue de arte que quita el aliento.
Busquen hacia arriba, en el sotocoro, el famoso Árbol de Jesé. Es una intrincada escultura en relieve que muestra la genealogía de la Virgen María, con ramas que se extienden como si cobraran vida propia bajo la bóveda. Se estima que se utilizaron más de sesenta mil hojas de pan de oro para decorar este interior.
Sin embargo, la historia de este lugar no siempre fue de paz. Durante la Guerra de Reforma, el templo fue cerrado al culto y utilizado como cuartel militar. Los pasillos donde hoy reina el silencio fueron una vez caballerizas y dormitorios para soldados.
Fue gracias a la resistencia de la comunidad oaxaqueña que el templo fue devuelto a la Iglesia y restaurado a su gloria actual. A nuestras espaldas, la plaza de Santo Domingo bulle con la esencia de Oaxaca. El aroma a café, el color de los alebrijes y los majestuosos agaves que adornan la entrada del Jardín Etnobotánico, que antiguamente era el huerto del convento.
Tómense un momento para sentir el pulso de este lugar. Santo Domingo es el ancla emocional de la ciudad, un puente entre el pasado virreinal y el presente vibrante que hoy caminamos juntos. Disfruten de la luz que baila sobre el oro y de la paz que emana de estos muros centenarios.