The story
Bienvenidos a uno de los rincones más fotogénicos y cargados de historia de todo el Cusco. Te encuentras ahora mismo en la calle Siete Borreguitos, un nombre que evoca una ternura pastoril que contrasta con la imponente solidez de los muros incas que nos rodean. Mientras comienzas a subir por esta estrecha y empinada vía de piedra, deja que tus sentidos se empapen de la esencia del barrio de San Blas, conocido desde tiempos antiguos como T'oqokachi, o el "hueco de sal".
Observa las paredes blancas, los balcones de madera pintados de azul y las flores que asoman como queriendo saludar al caminante. El nombre de esta calle, Siete Borreguitos, nace de una estampa cotidiana de antaño: se dice que por aquí bajaban los arrieros y pastores con sus animales, y era común ver a los pequeños corderos trotar con torpeza sobre el empedrado. Hoy, el sonido de los cascos ha sido reemplazado por el murmullo de los viajeros y el eco de las herramientas de los artesanos que han hecho de este barrio su hogar por generaciones.
A medida que ascendemos, el aire se vuelve un poco más delgado, pero la recompensa visual es inigualable. Mira hacia atrás de vez en cuando; verás los tejados rojizos del Cusco extendiéndose como un mar de arcilla bajo el cielo andino. Estamos caminando sobre la historia viva, donde la arquitectura colonial se apoya sin timidez sobre las bases de granito que los incas tallaron con una precisión que aún hoy desafía nuestra comprensión.
Nuestros pasos nos conducen hacia la pequeña y blanca iglesia de San Blas, que corona la plaza del mismo nombre. Este templo, sencillo en su exterior, resguarda en su interior uno de los tesoros más grandes del arte barroco churrigueresco en América. Me refiero a su famoso púlpito, una obra maestra que parece haber sido tejida en lugar de tallada.
Lo más asombroso, y lo que hace que los visitantes guarden un silencio reverente al verlo, es que este púlpito fue tallado íntegramente en una sola pieza de madera de cedro. Nadie sabe con certeza quién fue el autor de semejante prodigio; algunos dicen que fue un maestro indígena que, tras ser curado milagrosamente de una enfermedad, dedicó su vida a esta obra. Otros hablan de Juan Tomás Tuyru Túpac.
Sea quien sea, el detalle de las figuras, los querubines y la profusión de uvas y hojas es tan fino que cuesta creer que una mano humana y un cincel hayan logrado tal fluidez. Tómate tu tiempo. Siente el aroma a madera antigua y a incienso que emana de la iglesia, y luego piérdete por un momento en las galerías de los grandes maestros como los Mendívil, cuyas esculturas de cuellos largos son el sello distintivo de este barrio de artistas.
San Blas no es solo un lugar, es un sentimiento de resistencia y belleza que se eleva, paso a paso, por la calle de los Siete Borreguitos. Disfruta del ascenso, porque aquí, cada piedra tiene algo que susurrarte.