The story of The mansion fronts Plaza San Francisco, where the · 3 min · Español

El Corazón de Piedra y Espíritu: La Plaza de San Francisco

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Bienvenidos a uno de los rincones más sagrados y antiguos de Quito. Deténganse un momento y respiren el aire de los Andes mientras contemplan la extensión de la Plaza de San Francisco. A sus espaldas o a su lado, verán una mansión señorial, la imponente Casa Gangotena, que vigila este espacio con la elegancia de una época dorada.

Pero hoy nuestra mirada se dirige hacia el frente, hacia el colosal complejo de la iglesia y el convento de San Francisco, un lugar donde el tiempo parece haberse detenido entre el aroma a incienso y el eco de las campanas. Estamos parados sobre un suelo que ha visto pasar siglos de transformación. Solo unas semanas después de la fundación española de la ciudad en diciembre de 1534, comenzó la construcción de lo que ven ante ustedes.

En 1535, los frailes franciscanos, liderados por el visionario Fray Jodoco Ricke, pusieron la primera piedra de este monumento. Sin embargo, lo más fascinante es lo que yace bajo sus pies. Este conjunto monumental no fue construido en un terreno vacío; se levantó directamente sobre las ruinas de los centros ceremoniales y los palacios imperiales del inca Huayna Cápac.

Al caminar por aquí, estamos caminando literalmente sobre la gloria del antiguo Imperio Inca, sobre cuyas bases los españoles cimentaron su fe y su nueva ciudad. Observen la fachada de la iglesia. Es un ejemplo magistral de la arquitectura renacentista y manierista, con esas torres blancas que desafían el azul intenso del cielo quiteño.

A San Francisco se le conoce como el Escorial del Nuevo Mundo debido a su magnitud. La plaza, con su diseño inclinado y sus piedras volcánicas, fue concebida como un lugar de encuentro, un mercado y un centro de evangelización. Y hablando de piedras, no podemos estar aquí sin recordar la famosa leyenda de Cantuña.

Se dice que este hábil constructor indígena, abrumado por el tiempo que le quedaba para terminar el atrio de la iglesia, hizo un pacto con el diablo para completar la obra en una sola noche. Sin embargo, con astucia, Cantuña escondió una última piedra, dejando la obra técnicamente incompleta y logrando así salvar su alma del abismo. Quizás, si observan con atención los muros laterales, podrán imaginar ese hueco que burló al mismísimo demonio.

Hoy, la plaza sigue siendo el alma de Quito. Verán a los vendedores de dulces tradicionales, las palomas que revolotean sobre la fuente y los transeúntes que caminan bajo la sombra de la historia. Al continuar su recorrido, lleven consigo la imagen de esta plaza donde el mundo prehispánico y el colonial se fundieron para siempre en una danza de piedra, fe y misterio.

Disfruten el aire fresco y dejen que el espíritu de la ciudad los siga guiando.

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