The story of Plaza de los Refinadores y estatua de Don · 3 min · Español

Plaza de los Refinadores y el mito de Don Juan Tenorio

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Bienvenidos a uno de los rincones más serenos y, a la vez, más cargados de magnetismo de toda Sevilla. Nos encontramos en la Plaza de los Refinadores. Si echan un vistazo a su alrededor, notarán que este espacio actúa como una elegante frontera.

A un lado, el laberinto de callejuelas blancas y sombras frescas del barrio de Santa Cruz; al otro, la explosión verde de los Jardines de Murillo. El nombre de esta plaza nos recuerda a los antiguos artesanos que refinaban el cuero en esta zona, pero hoy, el verdadero protagonista no es un artesano, sino un caballero de bronce que nos observa con una mezcla de altanería y melancolía. Acerquémonos al centro de la plaza.

Aquí, rodeado de naranjos que en primavera inundan el aire con el aroma del azahar, se alza la estatua de Don Juan Tenorio. Fue realizada por el escultor Nicomedes Díaz Piquero en 1974. Fíjense en su pose: la capa sobre los hombros, la mano derecha descansando con confianza sobre el pomo de su espada y esa mirada desafiante que parece buscar un nuevo duelo o una nueva conquista entre los transeúntes.

Don Juan no es solo un personaje literario; es el alma de la Sevilla romántica. Aunque el mito fue esbozado originalmente por Tirso de Molina en el siglo diecisiete, fue José Zorrilla quien, en 1844, le dio la forma definitiva que todos conocemos. Sevilla es el escenario imprescindible de sus andanzas.

De hecho, se dice que muchos de los lances de amor y espada que narra la obra ocurrieron a pocos metros de donde estamos, entre los muros de los conventos y los palacios del barrio de Santa Cruz. Si bajan la mirada hacia el pedestal, podrán leer algunos de los versos más famosos de la literatura española. Son las palabras que Don Juan le dirige a Doña Inés en la mítica escena del diván: "¡Ah!

¿No es cierto, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor?" Es fascinante pensar que, cada año, cuando llega la festividad de Todos los Santos, los teatros de media España se llenan para ver esta historia de redención a través del amor. Disfruten por un momento del silencio de esta plaza, roto solo por el murmullo de alguna fuente cercana o el paso de un coche de caballos.

Este es un lugar para imaginar a los embozados saltando tapias y a las damas asomadas a los balcones de forja. Antes de continuar su camino, miren de nuevo a Don Juan. Sevilla ha sabido atrapar en este bronce la esencia de un hombre que desafió al cielo y a los muertos, recordándonos que, en esta ciudad, la línea entre la realidad y la leyenda es tan fina como la sombra de un callejón.

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