The story
Bienvenidos al alma vibrante del Barrio de las Letras. Al detenerte aquí, en la Plaza de Santa Ana, no solo estás pisando el centro geográfico del ocio madrileño, sino un escenario donde la historia, el teatro y la vida bohemia se entrelazan desde hace siglos. Mira a tu alrededor y siente la energía de un lugar que nunca duerme.
Curiosamente, este espacio abierto se lo debemos a José Bonaparte, el hermano de Napoleón, a quien los madrileños apodaban con sorna Pepe Botella. A principios del siglo diecinueve, él ordenó derribar el antiguo convento de monjas carmelitas que ocupaba este solar para que la ciudad pudiera respirar. Lo que antes era un lugar de oración se convirtió en el punto de encuentro preferido de dramaturgos, poetas y toreros.
Si diriges la mirada hacia el extremo este, verás la imponente fachada del Teatro Español. Este es un templo sagrado para las artes escénicas; se levanta sobre lo que en el siglo dieciséis fue el Corral del Príncipe. Es, de hecho, uno de los teatros más antiguos del mundo que ha mantenido su actividad de forma ininterrumpida.
Fíjate en los nombres grabados en su piedra: Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina. Son los gigantes que dieron nombre a este barrio. Pero la plaza también es un diálogo entre dos épocas a través de sus estatuas.
En un extremo, Pedro Calderón de la Barca observa el bullicio con la severidad del Siglo de Oro. En el opuesto, encontrarás la figura delgada y eterna de Federico García Lorca. Federico sostiene una alondra entre sus manos, a punto de echar a volar, simbolizando la libertad y la poesía que Madrid tanto ama.
Es común ver flores frescas a sus pies, un recordatorio de que su voz sigue viva. A un costado, destaca un edificio blanco de arquitectura elegante: el Hotel ME Reina Victoria. Antiguamente se le conocía como el hotel de los toreros.
Aquí, figuras legendarias como Manolete alquilaban siempre la misma habitación, la doscientos veinte, por superstición antes de ir a la plaza de Las Ventas. Su fachada iluminada sigue siendo el faro que guía las noches de Santa Ana. Y por supuesto, no podemos olvidar la Cervecería Alemana.
Fundada en mil novecientos cuatro, conserva ese aire de principios de siglo con sus mesas de mármol y paneles de madera. Era el rincón favorito de Ernest Hemingway, quien pasaba horas aquí escribiendo y observando la vida pasar. Hoy, la Plaza de Santa Ana sigue siendo ese salón urbano donde lo mismo puedes disfrutar de una caña bien tirada en una terraza que sentir el peso de la literatura universal.
Te invito a que busques una silla, pidas algo de beber y simplemente escuches. En el murmullo de la gente todavía resuenan los versos de los poetas que, como tú, se enamoraron de este rincón de Madrid.