The story
Bienvenidos a la calle más vibrante y concurrida de toda la Ciudad de México: el corredor peatonal de Francisco I. Madero. Aquí, entre el aroma del café y el murmullo constante de miles de pasos, se levanta una estructura que detiene el tiempo.
Te encuentras frente al número 17, el imponente Palacio de Iturbide. Detente un momento y mira hacia arriba. Lo que tienes ante ti es, posiblemente, la joya más alta y refinada del barroco novohispano civil en todo el continente.
Observa el contraste de colores en su fachada. Esa piedra de color rojo intenso es el tezontle, una roca volcánica ligera que los constructores coloniales adoraban, mientras que los marcos blancos de las ventanas y los detalles esculpidos son de chiluca, una cantera gris mucho más dura. Este palacio fue terminado en 1785 por el arquitecto Francisco Guerrero y Torres, y fue un encargo de Miguel de Berrio y Saldívar, el Conde de San Mateo de Valparaíso.
La leyenda cuenta que el conde construyó esta maravilla como un regalo de bodas para su hija, con la intención de que su dote fuera tan grandiosa que nadie en la Nueva España pudiera igualarla. Pero, ¿por qué lo llamamos Palacio de Iturbide si fue construido para un conde? La respuesta está en los balcones que ves sobre la calle.
En 1821, tras la consumación de la Independencia, este edificio fue ofrecido a Agustín de Iturbide, el líder del Ejército Trigarante. Fue precisamente en uno de estos balcones donde Iturbide salió a recibir los vítores del pueblo cuando fue proclamado el primer Emperador de México. Aunque su imperio duró poco menos de un año, el nombre se quedó grabado en la piedra y en la memoria colectiva de la ciudad.
Si tienes oportunidad de entrar, hazlo. El patio interior es un espectáculo de armonía arquitectónica, con arcos majestuosos que parecen flotar unos sobre otros en cuatro niveles distintos. Es difícil imaginar que, a finales del siglo diecinueve, este lugar funcionó como un hotel y que incluso llegó a albergar oficinas de diligencias.
Hoy, gracias a la labor de Fomento Cultural Banamex, el palacio ha recuperado su esplendor y funciona como un museo que alberga algunas de las exposiciones de arte popular y pintura más importantes del país. Al caminar por sus pasillos, siente el grosor de los muros y escucha el eco de la historia. Este edificio no es solo piedra y mortero; es el testigo mudo de la transformación de una colonia en una nación independiente.
Sigue tu camino por Madero, pero lleva contigo la imagen de este gigante rojo que ha visto pasar dos siglos de historia mexicana desde su privilegiada esquina en el corazón del Centro Histórico.