The story of Jardín Etnobotánico de Oaxaca · 3 min · Español

El Corazón Vivo de Oaxaca: Recorrido por el Jardín Etnobotánico

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The story

Bienvenidos a la esquina de las calles Reforma y Constitución. Deténganse un momento y miren a su alrededor. Se encuentran frente a los imponentes muros de cantera verde del antiguo Convento de Santo Domingo de Guzmán, una joya del siglo dieciséis.

Pero lo que hoy nos convoca no es solo la arquitectura colonial, sino el tesoro vibrante que respira detrás de estos muros: el Jardín Etnobotánico de Oaxaca. Este no es un jardín botánico cualquiera. Aquí no solo verán plantas; aquí conocerán la historia de la supervivencia y la identidad de un pueblo.

A mediados de los años noventa, este terreno estuvo a punto de convertirse en un hotel de lujo con estacionamiento y centro de convenciones. Fue la voluntad de la sociedad civil, liderada por figuras como el maestro Francisco Toledo y el antropólogo Luis Castañeda, la que rescató este espacio para devolverlo a la tierra. Al entrar, la vista es dominada por las filas geométricas de cactus columnares que parecen soldados custodiando el pasado.

Oaxaca es uno de los estados con mayor biodiversidad en México, y este jardín concentra especies de todas sus regiones: desde los climas áridos hasta las selvas tropicales y las montañas frías. Pero fíjense en el nombre: "etnobotánico". Esa palabra es clave.

Significa que cada planta aquí tiene una relación histórica con el ser humano, ya sea como alimento, medicina, fibra textil o tinte. Caminen imaginariamente hacia el Patio del Huaje. El nombre de Oaxaca proviene del náhuatl "Huaxyacac", que significa "en la nariz o en la punta de los guajes".

Ese árbol que ven ahí, con sus vainas colgantes, es el que le dio nombre a esta tierra hace siglos. Mientras avanzan, escucharán el susurro del agua. El espejo de agua y la fuente diseñada por Francisco Toledo rinden homenaje a las técnicas de riego ancestrales.

No pierdan de vista las biznagas gigantes, algunas de las cuales tienen cientos de años de edad. Han crecido lentamente, centímetro a centímetro, sobreviviendo a sequías y cambios de época, recordándonos que el tiempo en Oaxaca se mide de otra manera. Aquí, el rojo del nopal no es solo un color, es el hogar de la cochinilla, el insecto del que se extrae el tinte más codiciado por los tejedores de alfombras de Teotitlán del Valle.

Este jardín es un archivo vivo. Al recorrerlo, uno entiende que la cultura oaxaqueña no está en los libros, sino en la raíz de sus agaves, en la sombra de sus pochotes y en la resiliencia de su gente. Disfruten del aroma de la tierra mojada y del contraste del cielo azul profundo contra las espinas doradas.

Han llegado al alma verde de Oaxaca.

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