The story
Se encuentra usted caminando por una de las arterias más vibrantes del corazón de Oaxaca, la Avenida Morelos. Detenga su paso por un momento frente a la fachada del número mil doscientos cinco. Lo que tiene ante sus ojos no es solo una imponente casona colonial del siglo dieciocho, sino un portal que conecta el México antiguo con la sensibilidad moderna.
Este es el Museo de Arte Prehispánico de México Rufino Tamayo, un regalo que el ilustre pintor oaxaqueño y su esposa, Olga, entregaron a su ciudad natal en 1974. Al entrar en esta casa de muros de cantera verde y patios luminosos, notará de inmediato que no está en un museo arqueológico convencional. Aquí no hay largas cronologías ni frías vitrinas académicas.
Rufino Tamayo, con su ojo de artista, decidió organizar la colección basándose en la estética, el color y la forma. Su intención era que las piezas hablaran por sí mismas como obras de arte universales, despojadas de la etiqueta del tiempo. Mientras recorre las salas, pintadas en tonos vibrantes que parecen extraídos de la propia paleta del maestro —azules profundos, rosas intensos y naranjas tierra— verá cómo las figuras de arcilla de las culturas del occidente de México, de los mayas o de los zapotecos, cobran una vida nueva bajo la luz oaxaqueña.
Tamayo pasó gran parte de su vida coleccionando estas piezas para evitar que salieran del país, rescatando el espíritu de los antiguos modeladores de barro. Es fascinante pensar que, mientras él revolucionaba la pintura moderna en Nueva York o París, mantenía este vínculo sagrado con sus raíces, buscando en estas pequeñas esculturas la esencia de lo que significa ser mexicano. Al salir de la frescura de este recinto y continuar su camino por las calles empedradas hacia el norte, el paisaje cambia.
A solo unas cuadras, se alza la majestuosa iglesia de Santo Domingo de Guzmán. La transición es reveladora: de la sencillez profunda del barro y la piedra en el museo de Tamayo, pasamos al asombroso esplendor del barroco novohispano. Santo Domingo, con sus retablos recubiertos de lámina de oro de veinticuatro quilates y su famoso Árbol de Jesé en el techo, representa el encuentro de dos mundos.
Caminar por este tramo de la ciudad es respirar la historia de Oaxaca en capas. En el museo de la calle Morelos, encontramos el pulso de la tierra y la visión de un genio moderno; en Santo Domingo, la opulencia de la fe colonial. Le invito a que guarde silencio por un instante y escuche el eco de los siglos en estas piedras, donde cada rincón narra la persistencia de un pueblo que sabe transformar la materia en belleza eterna.