The story
Bienvenidos al Centro Cultural El Refugio. Deténgase un momento bajo estos arcos monumentales y respire hondo. Si aguza el oído, parece que las paredes de ladrillo todavía susurran las historias de los miles de peregrinos y enfermos que alguna vez buscaron consuelo en este antiguo hospital.
Pero hoy, este recinto no cura el cuerpo, sino que alimenta el espíritu, pues resguarda el alma de un pueblo que nació de la tierra misma: San Pedro Tlaquepaque. Estamos caminando por la cuna del barro mexicano. El nombre de este municipio proviene del náhuatl y significa "lugar sobre lomas de barro".
Aquí, la tierra no es solo suelo, es destino. Al adentrarnos en las salas del Museo Pantaleón Panduro, entramos en contacto directo con la genialidad de un hombre que transformó un oficio artesanal en una de las expresiones artísticas más refinadas de nuestra historia. Pantaleón Panduro, nacido a mediados del siglo diecinueve, no fue un alfarero común.
Imaginen a un hombre con una capacidad casi mágica en las manos; se dice que podía observar a una persona por unos instantes y, en cuestión de minutos, modelar un busto en barro con una fidelidad asombrosa, capturando no solo los rasgos físicos, sino la esencia misma del retratado. Su fama llegó a oídos del mismísimo Porfirio Díaz, a quien retrató con tal maestría que el presidente quedó maravillado. Panduro es considerado el padre de la escultura moderna en barro porque rompió la barrera entre la artesanía utilitaria y el arte escultórico.
Él no buscaba hacer cántaros para el agua, buscaba inmortalizar la condición humana. Sus figuras de "tipos populares" —vendedores, músicos, gente de a pie— son crónicas visuales de un México que ya se fue, pero que sobrevive en la textura policromada de sus piezas. Es por esta trascendencia que el galardón más importante para los artesanos de nuestro país lleva su nombre: el Premio Nacional de la Cerámica.
Cada año, los mejores maestros del fuego y la tierra se reúnen en estos mismos pasillos de El Refugio para competir por la gloria que alguna vez inició aquel hombre humilde de manos prodigiosas. Al recorrer las vitrinas, observe la delicadeza de los detalles, la fuerza de las expresiones y el brillo del barniz. Tlaquepaque no sería lo que es sin la herencia de la familia Panduro.
Mientras camina hacia la siguiente sala, recuerde que cada pieza de barro que ve aquí tiene un poco de la tierra bajo sus pies y mucho del aliento de los artistas que, como Pantaleón, decidieron que el barro era el mejor lenguaje para hablar de la eternidad. Disfrute su recorrido por este santuario de la creatividad mexicana.