The story
Bienvenidos al corazón palpitante del Priorat, una tierra donde la piedra parece cobrar vida y la historia se embotella en cada racimo de uva. Si miran a su alrededor, verán un paisaje que desafía la gravedad. Estamos en Porrera, un pueblo que se aferra a las laderas con la misma tenacidad que sus gentes.
Pero antes de fijarnos en las casas, miren al suelo. Esa roca oscura, laminada y brillante que cruje bajo sus pies es la llicorella. No es simple piedra; es el secreto de este territorio.
Esta pizarra desmenuzable obliga a las raíces de las vides a descender metros y metros en busca de una humedad que el sol implacable de Tarragona parece evaporar. La llicorella retiene el calor del día y lo entrega a la planta durante la noche, otorgando a los vinos de Porrera una mineralidad y una fuerza que no encontrarán en ningún otro lugar del mundo. Al caminar por los alrededores de Porrera, notarán que las viñas no crecen en llanuras, sino en costers, pendientes tan pronunciadas que el trabajo mecánico es imposible.
Aquí, todo es heroico: la vendimia se hace a mano, en un baile vertical entre el hombre y la montaña. Si levantan la vista hacia las fachadas del pueblo, verán una colección asombrosa de relojes de sol, un recordatorio de que aquí el tiempo se mide de otra manera, al ritmo de las estaciones y el reposo de las barricas. Pero para entender el alma de esta comarca, debemos seguir el camino hacia las faldas de la Sierra de Montsant, donde aguarda la majestuosa Cartuja de Scala Dei.
Cuenta la leyenda que, en el siglo doce, unos pastores vieron en sueños a unos ángeles subiendo por una escalera de luz que llegaba hasta el cielo. Al enterarse, el rey Alfonso el Casto decidió que ese era el lugar sagrado para fundar el primer monasterio cartujano de la península. Así nació la Escalera de Dios, o Scala Dei.
Al pasear hoy entre sus ruinas silenciosas, aún se respira la paz de los monjes que, durante siete siglos, guardaron voto de silencio. Fueron ellos quienes trajeron de Francia los conocimientos de viticultura y quienes plantaron las primeras cepas en estas laderas de pizarra. Al mirar los claustros restaurados y las celdas donde los monjes meditaban, imaginen el esfuerzo de convertir este paraje salvaje en un jardín de espiritualidad y agricultura.
Hoy, el Priorat no se entiende sin esa herencia cisterciense. Al salir de aquí, lleven consigo el aroma a tomillo y romero, y recuerden que cada copa de vino que prueben en esta tierra es, en realidad, un sorbo de sol, de historia monástica y de la indomable piedra llicorella.