The story of La Batalla del Vino de Haro · 3 min · Español

La Batalla del Vino de Haro — el pueblo que se empapa de rioja cada junio

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3 min · narrated · free

In short: Surgió de un pleito territorial del siglo trece por los Riscos de Bilibio. Según la leyenda, la batalla comenzó a finales del siglo diecinueve cuando los romeros empezaron a lanzarse vino durante el almuerzo que seguía a la misa de San Pedro.

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The story

Bienvenidos a Haro, la capital sentimental y geográfica de la Rioja Alta. Si cierran los ojos por un momento y respiran profundo, podrán notar ese aroma inconfundible a madera, tierra húmeda y, por supuesto, a uva fermentada que emana de las centenarias bodegas del Barrio de la Estación. Pero hoy no vamos a hablar de catas silenciosas ni de etiquetas elegantes.

Hoy nos sumergimos en la historia de una de las festividades más viscerales y divertidas de toda España: la Batalla del Vino. Para entender este caos de color púrpura, debemos dirigir la mirada hacia lo alto, hacia los Riscos de Bilibio, que se alzan a unos seis kilómetros del centro del pueblo. Allí, donde hoy se encuentra la ermita dedicada a San Felices, comenzó todo.

Lo que hoy es una fiesta de Interés Turístico Nacional, nació en realidad de un pleito territorial en el siglo trece. Haro mantenía una disputa constante con la vecina localidad de Miranda de Ebro por la propiedad de estos riscos. El juez dictaminó que, para no perder la posesión del terreno, los habitantes de Haro debían señalizar sus límites cada 29 de junio, festividad de San Pedro, colocando los estandartes de la villa en lo más alto.

Si un solo año fallaban en su peregrinación, la zona pasaría a manos de sus vecinos. Lo que empezó como una procesión solemne fue transformándose. Cuenta la leyenda que, a finales del siglo diecinueve, durante el almuerzo que seguía a la misa en la ermita, un romero decidió refrescar a su compañero lanzándole un poco de vino con su bota.

La broma se contagió, los chorros se convirtieron en cubos y, para mediados del siglo veinte, la "batalla" ya era una tradición consolidada que atraía a miles de personas. Imaginen la escena cada mañana de San Pedro. Al amanecer, una marea de gente vestida de blanco impoluto, con el pañuelo rojo anudado al cuello, asciende hacia los Riscos de Bilibio portando las armas más inusuales: sulfatadoras, cubos, botellas y pistolas de agua, todas cargadas con miles de litros de tinto.

Tras la misa, el estallido de un cohete marca el inicio de la contienda. No hay bandos, no hay enemigos; solo el objetivo compartido de no dejar un solo centímetro de tela blanca a la vista. El aire se vuelve denso, fresco y fragante, mientras el paisaje se tiñe de un violeta brillante bajo el sol de junio.

Pero la fiesta no termina en el monte. Al mediodía, los "batalladores", empapados y felices, regresan al pueblo para las famosas "vueltas" en la Plaza de la Paz. Al ritmo de las charangas, la multitud danza en círculos, celebrando que, un año más, los riscos siguen siendo de Haro y que el vino, además de beberse, se vive con todo el cuerpo.

Disfruten de su paseo por estas calles empedradas; bajo sus pies, el espíritu de la batalla late en cada rincón.

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