The story of El techo de oro de Santo Domingo · 3 min · Español

El techo de oro de Santo Domingo — un árbol genealógico dorado sobre un santo dormido

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The story

Bienvenidos al corazón palpitante de Oaxaca. Mientras caminan por el Andador Turístico de Macedonio Alcalá, la cantera verde de los edificios parece absorber la luz del sol, pero nada los prepara para lo que está a punto de revelarse tras las pesadas puertas de madera del Templo de Santo Domingo de Guzmán. Deténganse un momento frente a su imponente fachada barroca.

Observen cómo la piedra ha sido labrada como si fuera encaje. Pero el verdadero tesoro, el que ha dejado sin aliento a viajeros durante siglos, no está afuera, sino justo encima de sus cabezas al cruzar el umbral. Entren suavemente, dejen que sus ojos se ajusten a la penumbra dorada y, antes de avanzar hacia el altar mayor, miren hacia arriba, al techo del sotocoro.

Lo que ven es una de las joyas más deslumbrantes del arte virreinal en América: el Árbol de Jesé. Es un árbol genealógico tallado y cubierto por completo en lámina de oro de 24 quilates, que emerge del pecho de un hombre recostado. Ese hombre es Jesé, el padre del rey David, quien descansa en un sueño profundo mientras de su cuerpo brota una enredadera divina que se expande por toda la bóveda.

Sigan con la mirada las ramas doradas que se entrelazan con una precisión hipnótica. Entre las hojas de acanto y los relieves resplandecientes, asoman treinta y seis bustos de profetas y reyes, y más arriba, cientos de rostros de figuras sagradas que culminan en la imagen de la Virgen María con el Niño Jesús. Son ciento veintiuna figuras en total las que habitan este jardín de oro.

Noten cómo la luz, que se filtra por las ventanas altas, rebota en el metal precioso, creando una atmósfera que parece levitar sobre nosotros. Este templo, fundado por la Orden de los Dominicos en el siglo dieciséis, tardó más de cien años en terminarse. Cada centímetro de este techo cuenta una historia de sincretismo; es el encuentro entre la devoción europea y las manos expertas de los artesanos indígenas oaxaqueños, quienes imprimieron su maestría en cada detalle de la yesería policromada.

Mientras se quedan aquí, bajo este cielo de oro, traten de imaginar el silencio de los monjes que caminaban por estos pasillos hace cuatrocientos años. Hoy, Santo Domingo no es solo un monumento, es el alma de Oaxaca grabada en oro. Tómense su tiempo para asimilar la escala de esta obra.

Cuando estén listos, bajen la mirada y continúen hacia la nave central, donde el resplandor continúa, pero asegúrense de llevarse grabada la imagen de ese santo dormido cuyo sueño floreció en el árbol más hermoso del mundo.

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