The story of El Día de Muertos · 3 min · Español

El Día de Muertos — cuando Oaxaca recibe a sus difuntos, no los llora

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Avsha narrates a story about wherever you are — any street, in your language. Free to start, no account.

The story

Bienvenidos a este rincón del mundo donde la muerte no es un final, sino un esperado reencuentro. Mi nombre es Avsha, y hoy caminaremos por el corazón de Oaxaca, transformado en un altar viviente. Mientras nos encontramos aquí, en el Centro Histórico, cierren los ojos por un momento y respiren.

El aire no huele a tristeza; huele a copal encendido, a chocolate espumoso y, sobre todo, al aroma penetrante y terroso de la flor de cempasúchil que guía a las almas de regreso a casa. Caminemos ahora por la calle de Macedonio Alcalá. A sus lados, las fachadas de cantera verde se adornan con tapetes de arena multicolor que narran historias de santos y calaveras sonrientes.

Al pasar frente al majestuoso Templo de Santo Domingo de Guzmán, verán que las plazas se llenan de altares monumentales. Cada nivel del altar tiene un porqué: el agua para la sed del viaje, la sal para la purificación y el pan de muerto, con su carita de alfeñique pintada a mano, que representa la esencia de quienes ya no están. Nuestra ruta nos lleva ahora hacia la zona de Reforma, donde se levanta el imponente Panteón General, también conocido como el Panteón de San Miguel.

Inaugurado en 1829 debido a una epidemia de viruela, sus muros de estilo neoclásico guardan más que restos mortales; guardan la memoria colectiva de la ciudad. Al entrar, miren los más de dos mil nichos que rodean el patio central y la icónica Capilla del Señor de la Resurrección, que hoy permanece sin techo, permitiendo que las almas miren directamente al cielo de Oaxaca. Durante estas fechas, este lugar deja de ser un cementerio silencioso para convertirse en un jardín de luces.

Las familias pasan la noche aquí, limpian las lápidas con devoción, comparten botellas de mezcal y platos de mole negro, y cuentan anécdotas sobre los que se fueron. En Oaxaca, a los difuntos se les recibe con lo que más disfrutaron en vida, porque el olvido es la única muerte verdadera. Si escuchan música de banda de viento a lo lejos, prepárense.

Son las comparsas. Es un caos sagrado donde los barrios se lanzan a las calles con disfraces de diablos, catrinas y seres fantásticos, bailando hasta el amanecer. Esta tradición es el latido de un pueblo que entiende que el alma es eterna.

Al terminar nuestro recorrido, observen cómo las miles de velas se consumen lentamente. Oaxaca no llora a sus muertos; los invita a la mesa y les asegura que, mientras alguien encienda una luz en su honor, siempre tendrán un hogar al cual volver.

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