The story
Bienvenidos a uno de los puntos más icónicos de la colonia Hipódromo Condesa. Si se sitúan sobre la banqueta de la Avenida México, justo frente al número 187, verán alzarse ante ustedes una estructura que desafía el tiempo y la gravedad: el Edificio Basurto. Observen su silueta imponente.
En una ciudad que, a mediados del siglo veinte, solía temerle a las alturas debido a su suelo blando y lacustre, este gigante de catorce pisos se levantó entre 1942 y 1945 como un grito de modernidad, lujo y audacia. Su arquitecto, Francisco J. Serrano, no buscaba simplemente construir un bloque de departamentos, sino crear una escultura habitable.
Imaginen el escenario de los años cuarenta. La Ciudad de México estaba en plena transformación, dejando atrás los últimos ecos del porfiriato para abrazar el ritmo del jazz, el cine de oro y los automóviles. El Basurto se construyó sobre lo que antes eran los terrenos del antiguo Jockey Club, el hipódromo que le dio su nombre y su forma circular a esta zona.
Donde antes galopaban caballos, Serrano decidió trazar líneas de concreto que parecen ascender al cielo en un movimiento dinámico. El estilo es una mezcla fascinante. Aunque se le suele catalogar como Art Déco tardío, su geometría también abraza el funcionalismo y el organicismo.
Miren hacia arriba y noten cómo los balcones y las esquinas redondeadas crean un ritmo visual, casi como si el edificio estuviera girando sobre su propio eje. Pero el verdadero tesoro del Basurto se esconde tras su fachada. Si pudieran cruzar el umbral del vestíbulo, se encontrarían con la que es, posiblemente, la escalera más famosa de todo México.
Es una espiral perfecta, una hélice de concreto que asciende de forma orgánica, bañada por la luz natural que se filtra desde un domo en la parte superior. Al mirarla desde el centro, hacia arriba, parece un caracol infinito que conecta la tierra con el cielo. A lo largo de las décadas, este edificio ha sido un testigo silencioso de la historia vibrante y, a veces, desafiante de la capital.
Ha resistido con gallardía los grandes sismos que han sacudido a la Condesa, convirtiéndose en un símbolo de resiliencia para los vecinos. Cada restauración ha sido un acto de amor para preservar su elegancia original. Al caminar hoy por aquí, rodeados de las jacarandas y el aire bohemio del Parque México que tenemos justo a nuestras espaldas, el Edificio Basurto sigue siendo el ancla del barrio.
Representa esa época dorada donde el diseño vanguardista y la vida urbana se encontraron. Tómense un momento para admirar cómo la luz del sol juega con sus volúmenes. Es, sin duda, el alma de la Condesa convertida en arquitectura.
Continúen su camino, pero lleven consigo la imagen de esta espiral que une el pasado aristocrático de la ciudad con el pulso cosmopolita de nuestro presente.