The story
Bienvenidos a la Cuarta Avenida Sur de Antigua Guatemala. Mientras caminan por este empedrado irregular, quiero que cierren los ojos por un segundo y escuchen el eco de sus pasos. No están solos en esta vía; caminan sobre siglos de devoción, caridad y una historia que define el alma de esta ciudad colonial.
Estamos en el corazón del barrio de San Francisco, un rincón donde las paredes de color ocre y las buganvilias que caen de los muros parecen guardar secretos de otro tiempo. Apenas a unos pasos de aquí, la majestuosa fachada barroca del templo de San Francisco el Grande domina el paisaje. Pero antes de llegar a esa mole de piedra, deténganse frente a las casas coloniales que flanquean esta avenida.
Estas estructuras, con sus techos de teja de barro y sus pesados portones de madera, son el escenario donde se gestó la leyenda de Pedro de San José Betancur, el hombre que todos conocemos cariñosamente como el Hermano Pedro. Imaginen por un momento a un hombre humilde, llegado desde las Islas Canarias a mediados del siglo diecisiete, recorriendo este mismo trayecto. El Hermano Pedro no buscaba oro ni poder; buscaba aliviar el dolor de los más olvidados.
Se cuenta que, al caer la noche, se le veía caminar por estas calles haciendo sonar una pequeña campana mientras pronunciaba aquellas palabras que aún resuenan en la memoria colectiva: Acordaos, hermanos, que un alma tenemos y si la perdemos, no la recobramos. Esta casa en la Cuarta Avenida es un testimonio silencioso de esa época. En aquel entonces, Antigua no era solo una capital administrativa, sino un hervidero de fe y contrastes.
Mientras las familias adineradas construían palacios, el Hermano Pedro fundaba el primer hospital para convalecientes y escuelas para niños pobres, transformando estas calles en un refugio para los desamparados. Si miran hacia el final de la calle, verán la entrada al complejo de San Francisco. Allí, en una de las capillas laterales, descansa el cuerpo del primer santo de Centroamérica.
Es un lugar de peregrinación constante, donde miles de personas llegan cada año a golpear suavemente su tumba, pidiendo un milagro o agradeciendo un favor concedido. Sin embargo, la verdadera esencia de Pedro no está solo bajo la cúpula de la iglesia, sino aquí, en el aire que respiramos en esta avenida, en la sencillez de estas fachadas que han resistido terremotos y el paso de los siglos. Al continuar su camino hacia el templo, observen los detalles: las aldabas de hierro, los faroles que apenas comienzan a parpadear al atardecer y el volcán de Agua que vigila desde el horizonte.
Esta avenida es el puente entre lo cotidiano y lo sagrado. Disfruten el recorrido, sientan la paz de este barrio y prepárense para entrar en uno de los espacios más sagrados de toda América Latina.