The story
Bienvenidos a Villa San Lorenzo. Mientras dejamos atrás el pulso vibrante de la ciudad de Salta y comenzamos a subir, noten cómo el aire se transforma. Se vuelve más denso, más dulce y, sobre todo, mucho más fresco.
Estamos entrando en las Yungas, esa selva de montaña que abraza las laderas de los Andes y que convierte a este rincón en un oasis de biodiversidad. San Lorenzo ha sido, desde finales del siglo diecinueve, el refugio predilecto de las familias salteñas que buscaban escapar del rigor del calor estival. Lo que comenzó como un puñado de casas de campo se transformó en una villa señorial, donde la arquitectura europea se funde de manera fascinante con la vegetación indomable de la quebrada.
Al transitar por sus calles, verán casonas de techos altos y amplias galerías que parecen susurrar historias de veranos antiguos, de largas tertulias y de una elegancia que desafía el paso del tiempo. El corazón de este lugar es, sin duda, la Quebrada. Al llegar al final del camino pavimentado, el asfalto cede su lugar al murmullo del río San Lorenzo.
Este curso de agua, cristalino y constante, ha tallado un desfiladero profundo rodeado de helechos gigantes, musgos que tapizan las rocas y árboles centenarios como el cebil, el lapacho y el urunday. Si miran hacia arriba, verán las epífitas, esas plantas que viven sobre las ramas de los árboles, creando un jardín colgante que parece sacado de un sueño. Un hito imposible de ignorar es el Castillo de San Lorenzo.
Construido a principios del siglo veinte por Luigi Bartoletti, un armero italiano que se enamoró de este paisaje, el edificio destaca por su torre de piedra de veinte metros de altura. Se dice que Bartoletti trajo los materiales a lomo de mula y utilizó piedras del mismo río que escuchamos de fondo para recrear un pedazo de su Italia natal en pleno Noroeste Argentino. Hoy, este castillo funciona como hotel y restaurante, siendo un vigía de piedra que custodia la entrada a la selva.
A medida que caminan hacia los senderos, el sonido de los pájaros se vuelve el protagonista. San Lorenzo es un paraíso para los observadores de aves; con suerte, podrán divisar el vuelo de un cóndor en las alturas o el destello colorido de una de las tantas especies de colibríes que habitan aquí. Antes de partir, no dejen de visitar el mercado de artesanos a la entrada de la quebrada, donde el aroma a empanadas salteñas y los tejidos de lana de llama les recordarán que, aunque estemos en esta selva fresca y nublada, seguimos en el corazón de la cultura del norte.
Disfruten del silencio, del verde infinito y de este microclima único que hace que el tiempo en San Lorenzo transcurra a otro ritmo.