The story
Si te detienes un momento y observas el trazado de las calles que nos rodean, notarás algo peculiar. No estamos en una cuadrícula tradicional. Estamos dentro de un gran óvalo.
Y es que, justo donde hoy caminas rodeado de jacarandas y fresnos, hace poco más de cien años se escuchaba el estruendo de los cascos de los caballos y el clamor de las apuestas. Bienvenidos al Parque México, un lugar que es, literalmente, el fantasma verde de un antiguo hipódromo. A principios del siglo veinte, este terreno era el Hipódromo de la Condesa, propiedad del Jockey Club de México.
Cuando la ciudad empezó a crecer hacia el poniente, el hipódromo cerró sus puertas, pero en lugar de borrar su rastro, los arquitectos decidieron honrar su memoria. La calle de Ámsterdam, que abraza al parque, sigue exactamente la curva de la antigua pista de carreras. Por eso, al caminar por aquí, sientes que el espacio te envuelve en un ciclo infinito.
Inaugurado en 1927 como el Parque General San Martín, este oasis se convirtió rápidamente en el epicentro del estilo Art Déco en la capital. Si miras hacia el centro del parque, encontrarás la emblemática Fuente de los Cántaros. Es una escultura de una mujer desnuda que sostiene dos vasijas, creada por José María Fernández Urbina.
Es una pieza que captura la elegancia y la geometría de aquella época dorada, donde la modernidad buscaba reconciliarse con la naturaleza. Pero quizás el punto más impresionante es el Foro Lindbergh. Nombrado así en honor al aviador Charles Lindbergh, quien voló de Washington a Ciudad de México en un gesto de buena voluntad, este espacio es un escenario monumental.
Sus cinco pilares terminados en pérgolas, sus relieves de estilo neocolonial y sus murales de Roberto Montenegro te transportan a una Ciudad de México que soñaba con el futuro. Es común ver aquí a patinadores deslizándose con elegancia o a grupos de baile ensayando bajo la sombra de sus columnas. Hoy, el Parque México es mucho más que arquitectura.
Es el pulmón sonoro de la Condesa. Escucha el susurro de los ahuehuetes y las palmas, el ladrido de los perros que tienen aquí su propio paraíso y el eco de los saxofonistas que suelen practicar entre los senderos. Mientras recorres sus pasillos curvos, recuerda que estás caminando sobre la historia de una ciudad que supo transformar un lugar de juego y apuestas en un santuario de paz y cultura.
Disfruta el aire, admira el diseño y déjate llevar por el ritmo circular de este hipódromo que cambió las carreras por la vida urbana.