The story
Bienvenidos a una de las esquinas con más alma y sabor de la Ciudad Blanca. Se encuentran en el cruce de las calles sesenta y cuarenta y siete, el punto exacto donde la Mérida colonial se abraza con la elegancia moderna. Tómense un momento para observar la silueta de la Iglesia de Santa Ana.
A diferencia de la majestuosa Catedral en la plaza principal, este templo respira una sencillez que cautiva. Si observan con atención la base sobre la que descansa la iglesia, notarán que está ligeramente elevada. No es casualidad.
Los constructores españoles del siglo dieciocho aprovecharon una plataforma maya preexistente para levantar los cimientos. Es un recordatorio silencioso de que, bajo cada piedra de este barrio, late la historia de los antiguos señores de estas tierras. La iglesia fue terminada alrededor de mil setecientos treinta y tres, bajo el mandato del gobernador Antonio de Figueroa y Silva, cuyos restos descansan dentro del templo.
Sus dos torres terminadas en puntas piramidales son un ícono del paisaje urbano, y si miran hacia arriba, verán las campanas que han marcado el ritmo de la vida de este barrio por casi tres siglos. En sus inicios, Santa Ana no era el centro de la moda que es hoy. Era un barrio periférico, hogar de artesanos, mulatos y trabajadores mayas.
De hecho, la calle sesenta por la que seguramente caminaron para llegar aquí, se conocía como el Camino Real a Progreso. Pero todo cambió a finales del siglo diecinueve, cuando la aristocracia yucateca decidió que este sería el punto de partida para su proyecto más ambicioso: el Paseo de Montejo, que comienza a solo una cuadra de donde estamos. Ahora, cierren los ojos por un segundo y dejen que el aroma los guíe.
Al costado del parque se encuentra el Mercado de Santa Ana. Si el hambre aprieta, este es el santuario definitivo de la gastronomía yucateca. Aquí, el sonido de las manos palmeando la masa de maíz es la música ambiental.
No se pueden ir sin probar los panuchos de cochinita pibil o unos salbutes de pavo, acompañados, por supuesto, de un agua de horchata bien fría. Hoy, Santa Ana ha florecido como el distrito artístico de Mérida. Alrededor del parque verán galerías de arte, cafeterías de especialidad y hoteles boutique que ocupan antiguas casonas restauradas.
Es un lugar donde el pasado de la casta divina y la herencia maya convergen en cada atardecer. Disfruten de la brisa, tomen asiento en una de sus bancas y sientan cómo el tiempo en Mérida, simplemente, decide caminar más despacio.