The story
Bienvenidos al corazón palpitante de la Colonia Roma. Estás caminando por la Avenida Álvaro Obregón, un bulevar que es, en esencia, un libro abierto donde la historia se ha escrito, borrado y vuelto a redactar sobre el mismo lienzo. A esto le llamamos palimpsesto.
Detente un momento y mira hacia el camellón central. Entre el follaje denso de los fresnos y el vaivén de los transeúntes, emerge un ejército inmóvil de figuras que parecen vigilar tu paso. Son las esculturas de bronce, réplicas de obras maestras griegas y romanas que le otorgan a esta calle un aire de museo al aire libre.
A principios del siglo veinte, este lugar no era más que el Potrero de la Romita. Fue Edward Walter Orrin, un empresario de circo, quien soñó con transformar estos lodos en una colonia aristocrática que rivalizara con los bulevares de París. Por eso la avenida es tan ancha, diseñada para que los carruajes de la Belle Époque lucieran su esplendor.
Originalmente se llamaba Avenida Jalisco, pero tras el asesinato del revolucionario Álvaro Obregón, la calle cambió de nombre, aunque el espíritu europeo permaneció intacto en sus fachadas. Si avanzas un poco, notarás que el bronce no está solo. Está rodeado de una arquitectura que cuenta sus propias batallas.
Mira hacia las esquinas. Verás el estilo Art Nouveau conviviendo con el Art Deco y el Neoclásico. Fíjate especialmente en la Casa Lamm, en la esquina con la calle Orizaba.
Esa mansión es un sobreviviente del tiempo que hoy funciona como centro cultural, pero que en su origen representaba el máximo lujo de la burguesía porfiriana. Pero el palimpsesto de Obregón también tiene cicatrices. Tras el terremoto de 1985, esta zona quedó herida y casi abandonada.
Sin embargo, la Roma demostró una resiliencia única. Los artistas y los intelectuales regresaron, y con ellos, una nueva capa de historia se depositó sobre el bronce viejo. Hoy, el olor a café de especialidad y la música que escapa de las librerías se mezclan con el recuerdo de los antiguos residentes.
Al caminar por aquí, no solo estás cruzando una calle; estás atravesando capas de ambición, tragedia y renacimiento. El David, el Gladiador o la Venus que ves en el camellón no son solo copias decorativas; son los anclajes de un pasado que se niega a desaparecer mientras la ciudad moderna ruge a su alrededor. Te invito a que sigas caminando, a que toques el metal frío de las estatuas y levantes la vista hacia los balcones.
En Álvaro Obregón, cada paso es una lectura nueva en este manuscrito infinito de la Ciudad de México. Disfruta del recorrido.