The story
Bienvenidos a la Plaza del Obispo. Tómense un momento para respirar el aire de Málaga y elevar la mirada. Ante ustedes se alza la Santa Iglesia Catedral Basílica de la Encarnación, uno de los tesoros más impresionantes del Renacimiento español.
Pero, si se fijan bien, notarán algo extraño de inmediato. A la derecha de la fachada principal, falta algo. Donde debería haber una torre gemela a la imponente torre norte de ochenta y cuatro metros, solo hay un espacio vacío.
Por este detalle, los malagueños la llamamos cariñosamente La Manquita. La construcción de este coloso comenzó en 1528, sobre los cimientos de lo que fue la mezquita aljama de la ciudad árabe. Durante más de doscientos cincuenta años, los arquitectos y obreros trabajaron en ella, fusionando estilos que van desde el gótico tardío hasta un barroco exuberante.
Sin embargo, en 1782, las obras se detuvieron bruscamente. ¿Por qué se quedó incompleta? Existe una leyenda popular muy querida que cuenta que el dinero destinado a terminar la torre sur se envió en realidad a las colonias americanas para apoyar la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.
Aunque los historiadores sugieren razones más mundanas relacionadas con los costes de la guerra contra Gran Bretaña, la idea de que Málaga ayudó a forjar una nación al otro lado del océano añade un aura de generosidad a su silueta inacabada. Al caminar hacia el lateral, encontrarán el Patio de los Naranjos. Es un oasis de frescura que sobrevive de la antigua mezquita almohade.
Escuchen el murmullo del agua y el aroma del azahar si nos visitan en primavera. Este rincón nos recuerda que Málaga es una capa sobre otra de historia. Si deciden entrar, prepárense para quedar boquiabiertos.
El interior es un bosque de columnas que se elevan hacia bóvedas de crucería magníficamente decoradas. Pero la verdadera joya de la corona es el coro. Miren con detenimiento las tallas de madera.
Son obra de Pedro de Mena, uno de los escultores más grandes del siglo diecisiete. Cada rostro, cada pliegue de las túnicas de los santos parece cobrar vida bajo la luz que se filtra por las vidrieras. Además, la catedral alberga dos órganos monumentales del siglo dieciocho que aún llenan el espacio con una acústica celestial.
La Catedral de Málaga no es solo un monumento; es un símbolo de la identidad de su gente. No está incompleta por descuido, sino que su imperfección es lo que la hace perfecta y única en el mundo. Al alejarse, vuelvan a mirar esa torre que falta y recuerden que, a veces, lo que no está cuenta una historia tan poderosa como lo que permanece.
Disfruten de su paseo por estas calles cargadas de historia.