The story of An 18th-century casona at the edge of the · 3 min · Español

El Eco de los Siglos en el Callejón de los Sapos

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The story

Bienvenidos a uno de los rincones más fotogénicos y llenos de alma de Puebla. Soy Avsha, y hoy seré su guía a través del tiempo. Detengan su caminata por un momento frente a esta majestuosa casona del siglo dieciocho, situada justo en el umbral del legendario Barrio de los Sapos.

Observen la robustez de sus muros y el vibrante colorido de su fachada, un sello distintivo de la arquitectura civil poblana que ha resistido el paso de los siglos. Pero, ¿alguna vez se han preguntado por qué un lugar de tanta elegancia y prestigio lleva el nombre de unos humildes anfibios? La respuesta se encuentra en la geografía antigua de la ciudad.

Hace cientos de años, el río San Francisco, que hoy fluye oculto bajo el asfalto del Boulevard 5 de Mayo, no estaba canalizado. Durante las intensas temporadas de lluvia, el río se desbordaba con furia, inundando esta zona de la calle 6 Sur. El agua se estancaba en los terrenos bajos, creando charcas perfectas para que miles de sapos y ranas se multiplicaran.

Los vecinos de la época contaban que el croar de estos animales era tan potente que se escuchaba en varias manzanas a la redonda. Con el tiempo, lo que comenzó como una descripción geográfica se convirtió en el nombre oficial de uno de los callejones más emblemáticos de México. A medida que contemplan esta casona, fíjense en los detalles de piedra labrada y los balcones de hierro forjado.

Estos elementos no solo eran decorativos, sino que mostraban el estatus de las familias que aquí vivían, quienes veían pasar desde sus ventanas los carruajes que viajaban desde el puerto de Veracruz hacia la Ciudad de México. Puebla era el corazón latente de la Nueva España, y este barrio era su pulso comercial. Hoy, la atmósfera ha cambiado, pero el encanto de la nostalgia permanece intacto.

El Barrio de los Sapos se ha transformado en el paraíso de los coleccionistas y amantes de las antigüedades. Si miran a través de los zaguanes abiertos de las casas vecinas, podrán vislumbrar patios centrales adornados con fuentes y la omnipresente talavera, cuyos azulejos azules y blancos narran la herencia árabe y española de la ciudad. Les invito a que sigan caminando sin prisa.

Los fines de semana, este callejón se convierte en un museo al aire libre donde los tesoros del pasado —relojes antiguos, libros desgastados y muebles de maderas finas— esperan a ser descubiertos. Dejen que el color ocre y azul de las paredes los guíe, y mientras avanzan, imaginen aquel antiguo coro de ranas que, sin saberlo, bautizó para siempre este rincón de Puebla. Disfruten del aire, del aroma a café que escapa de los portales y de la historia que respira en cada piedra que pisan.

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